¿Buscan los animales comunicarse con el hombre?

   Es frecuente escuchar a personas que cuentan su última conver­sación con su animal casero. De hecho, es evidentemente impo­sible comunicarse de esta forma con una bestia. El animal tiene su propio lenguaje de gestos, sonidos, colores, alardes perfecta­mente codificados. Puede suceder que, por condicionamiento o hábito, manifieste agresividad o afecto real frente al hombre, pe­ro siempre siguiendo los medios de comunicación propios de su especie. Cuando un perro se acuesta a los pies de su amo con las orejas bajas, es un acto de sumisión que efectúa siguiendo el ritual de su especie. Reconoce a su amo por el olfato y no por la vista, etc. Es por esto que si se desea "comunicarse" con cual­quier animal, antes hay que conocer su comportamiento natural. Cada especie animal posee un "lenguaje". Los medios de co­municación empleados dependen, sobre todo, de la anatomía del animal y de sus posibilidades sensoriales. Se pueden clasificar en cuatro tipos:

  • comunicación táctil (insectos, peces).
  • comunicación química: este lenguaje puede ser muy variado: olores repulsivos o atractivos, olores sexuales (feromonas de las abejas).
  • comunicación visual: actitudes, danzas rituales, mímica.
  • comunicación auditiva: gritos, cantos, sonidos tal vez fuera de nuestra capacidad auditiva (cetáceos).

   La riqueza del lenguaje, es decir, el número y la complejidad de las señales, evoluciona con el grado de socialización de la espe­cie y las necesidades de comunicación. Para la coordinación del grupo, sin embargo, los lenguajes animales son pobres compa­rados con el del hombre: se han podido aislar unos quince posibles "mensajes" del gorrión, 20 o 30 en las gacelas y delfi­nes. El máximo alcanzado es de 40 o 50 en los primates supe­riores.
   Estos mensajes poseen un código específico de cada especie, por lo tanto, el animal sólo comprende el de sus congéneres (con algunas excepciones): gritos de alarma de monos, gritos de amenaza de carnívoros.
   Los animales se dirigen al hombre en su lenguaje: le corresponde a él saberlo interpretar, no por analogía con actitudes huma­nas, ni con el comportamiento de otro animal, sino por un cono­cimiento preciso de las costumbres de la especie. De otro modo, se expone a cometer errores de interpretación. Así pues, la mirada fija del mono o de los felinos, no es una se­ñal de atención, sino un signo de hostilidad: por lo tanto, en este caso será peligroso acercárseles. El perro mueve la cola para mostrar contento; en el gato o la ardilla es a la inversa.

 
 
 

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