La anatomía de la abeja

HACE siglos que las abejas despiertan el inte­rés y la. curiosidad del hombre. Su compleja or­ganización social ha si­do estudiada por nume­rosos escritores, quienes, en algunos casos, hasta han creído posible ex­traer ejemplos utilizarles para la ordenación de la vida humana.
Sin necesidad de lle­gar a tales extremos, el interés resulta amplia­mente justificado, pues se trata de un insecto que vive sometido a un sistema colectivo orga­nizado permanentemen­te, con formas y carac­terísticas que pudieran creerse incompatibles con las posibilidades de un animal situado en un ni­vel biológico que juzga­mos bajísimo y primiti­vo, y, por ello, incapaz de establecer un sistema coherente de normas.
En esta nota se exponen las carac­terísticas más notables del sistema anatómico de este insecto sociable.



Patas — Como todos los insectos, la abeja tiene tres pares de patas (hexápodos). Con el primer par la abeja limpia y alisa con mu­cha frecuencia sus antenas, a fin de que la suciedad no se acumule y disminuya su extraordinaria sensibilidad. El segundo par le sir­ve, casi exclusivamente, de apoyo. El tercer par contiene dos instru­mentos indispensables para el trabajo de la abeja: el cestillo y la escobilla (patas colectoras).

Lengüeta — La lengüeta de la abeja se mueve dentro de una especie de canaleta formada por las maxilas y los palpos labiales y termina en ápice con un botón piloso con el cual la abeja sorbe los líquidos. El abdomen y el tórax — Contienen los aparatos digestivo, reproduc­tor, respiratorio y circulatorio.

Mandíbula y maxilar — Con estos órganos, la abeja amasa y convier­te en una pasta las escantillas de cera, que exuda del abdomen para construir los panales, abre las anteras de las flores para extraerles el polen, barre su casa, aferra y mutila a sus enemigos.

Antenas — Son delicadísimos órganos del olfato y del tacto; son tan sensibles que, tocando, midiendo, husmeando con ellos, la abeja lo­gra construir, en la más completa oscuridad, sus celdillas de perfectísima forma geométrica.

Ocelos — Son pequeños ojos que la abeja tiene en la parte superior de la cabeza. Son tres y se hallan dispuestos en triángulo; le sirven para ver de cerca en la obscuridad.

Ojos compuestos — Los ojos compuestos son dos, uno para cada lado de la cabeza. Su superficie está formada por cerca de 6.300 facetas hexagonales que le permiten una visión panorámica de los objetos lejanos con un aumento de 60 veces.

Buche o bolsa melífera — Es aquí donde, durante su vuelo de regreso a la colmena, la abeja obrera conserva el polen, el néctar o el agua recogida de las flores. En el buche es donde el néctar comienza su transformación en miel. Una vez llegada a la colmena, la abeja re­gurgita estas sustancias y las deposita en las celdillas de los pana­les (el polen lo llevan en el cestillo del tercer par de patas).

Glándulas supracerebrales — Suelen hallarse particularmente desarro­lladas durante los primeros días de vida; en ellas produce y de ellas segrega el líquido que sirve de nutrición a las larvas. Esta: glándulas están en la cabeza y se atrofian en la abeja adulta.

Estigmas — La abeja respira a través de algunos orificios ubicados en el ab­domen y en el tórax: los estigmas. Éstos se hallas en comunicación con las tráqueas, tubitos que con­ducen el aire a los "sacos aeríferos", que son una es­pecie de pulmones.

Voso dorsal — La sangre de las abejas es incolora. El centro de la circulación es el "vaso dorsal".

Aguijón — Sirve a la reina y a las abejas obreras como órgano de defensa. Con él inyectan una sus­tancia que generalmente no es muy nociva para el hombre a menos que exista hipersensibilidad. La abeja obrera muere a los dos días de haber clavado su aguijón. La reina puede emplearlo más de una vez.

 
 
 

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