¿Cuál es el origen de las aves?

   Los fósiles nos proporcio­nan una imagen de lo que fue la vida sobre la Tierra en épocas prehistóricas» Suena muy bien, pero hay que desenga­ñarse. Quien crea que se puede recons­truir la historia completa de los seres vivos de nuestro planeta a partir de los restos petrificados de animales y plantas, se llevará una decepción. Todavía faltan capítulos enteros por escribir; y probable­mente permanecerán inéditos por culpa de la escasez de datos disponibles, a pe­sar de que durante los últimos 150 años, los paleontólogos han acumulado una abrumadora cantidad de material fosili­zado.
   Sólo en la categoría de los pájaros ya encontramos más de ochocientas espe­cies extinguidas. Parecen muchas, pero representan apenas el 9,3 por ciento del número total de especies existentes en la actualidad. Hace veinte años, el paleon­tólogo Pierce Brodkorb -ligado por aquel entonces a la Universidad de Florida-estimaba en un total de 1.625.000 el número de especies que habían apareci­do y desaparecido en el transcurso de 130 millones de años. Eso significa que no conocemos absolutamente nada sobre 1.624.000 tipos de pájaros que vivie­ron en la Tierra en épocas anteriores a la nuestra.
   Nuestro conocimiento de la evolución de los pájaros es insuficiente y la natura­leza desigual de los hallazgos de fósiles aporta poco a la clarificación de una imagen ya de por sí distorsionada. La mayoría de los restos descubiertos perte­necen a aves zancudas gigantes y a pájaros que habitaban lugares ricos en agua. Echando una ojeada al Natural History in Pictures se podría llegar a la conclusión de que los pequeños pájaros cantores son una innovación reciente, o de que sólo las áreas costeras de los primitivos continentes eran ricas en vida. Pero re­sultaría una apreciación errónea porque la fosilización sólo acontece en circuns­tancias excepcionales. Transcurrido un tiempo no queda nada tangible de la vasta mayoría de las plantas y animales muertos. Los comedores de carroña, las bacterias y la propia tierra consumen las partes más blandas de su organismo, diferentes procesos químicos y la acción combinada de los elementos -olas, viento, lluvia- se encargan del resto: huesos, conchas y cascara exterior de las semi­llas. Una condición importante para que se produzca la fosilización es, pues, que el organismo quede cubierto lo más rápi­damente posible después de la muerte.
   Es obvio que esto puede ocurrir con más facilidad en un área con abundancia de agua que en praderas o zonas bosco­sas. Las costas y los terrenos pantanosos ofrecen condiciones ideales para la fosili­zación, aunque los procesos de disolu­ción y las sustancias del subsuelo sean responsables de la desaparición de enor­mes cantidades de materiales muy valio­sos. Los organismos más apreciados por los paleontólogos son, desde luego, aquellos que se han preservado intactos: insectos o plantas encerrados en resina (cárabe), mamuts atrapados en el hielo o animales que perecieron en lagos de asfalto. Sin embargo, por regla general sólo tienen a su disposición fragmentos incompletos y unas pocas impresiones en el lodo petrificado.
   La existencia de fósiles se contempla hoy como lo que es: un fenómeno natural. Pero en el pasado la gente tendía a mos­trarse escéptica con respecto a ellos. Nadie se explicaba su existencia. ¿Cómo podían haber llegado caparazones de animales marinos a la cumbre de una montaña situada a cientos de kilómetros del mar? Y los huesos de los reptiles gigantes eran un enigma todavía mayor. Los restos de especies ya extinguidas atemorizaban al hombre prehistórico y se ponían amuletos para defenderse de sus influencias demoníacas. Durante mu­chos siglos se creía que los fósiles eran obra del demonio; o que habían crecido en la tierra, de las semillas que el viento había transportado hasta lugares insos­pechados. Los cristianos apoyaron la teoría de que correspondían a restos de seres que habían perecido en el Diluvio.
   La aparición, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, de la ciencia de la Paleontología no puso fin inmediato a es­tas descabelladas teorías. En 1763, un tal Brooks publicó en Inglaterra una ilustra­ción del famoso scrotum humanum, los testículos petrificados de un gigante, del que se tenían referencias desde el siglo anterior. Los científicos de todo el mundo se lo tomaron en serio, incluso después de que se conociera su fotografía. El fósil resultó ser nada menos que un trozo de fémur de Megalosaurus.
   La Paleontología fue considerada por la Iglesia como una amenaza para la fe. En Inglaterra se adhirieron rápidamente a la teoría de Ussher, quien establecía que la Creación había comenzado el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo, a las 9 de la mañana. Era imposible, pues, que existieran restos de hace millones de años. Gradualmente, sin embargo, se fue aceptando que no había que leer literal­mente la versión bíblica de la Creación -aunque todavía existen sectas que lo hacen-. Los fósiles constituyen la evi­dencia más real de la evolución, del desa­rrollo de las especies. Desgraciadamen­te, como hemos visto, el material que se ha encontrado no nos suministra una información completa, quedan demasia­dos eslabones perdidos.
   Si nos limitamos a los pájaros, por ejemplo, nos enfrentamos con diversas incógnitas irresolubles. Probablemente las aves evolucionaron de los reptiles, pero, ¿de cuáles? Los antepasados inmediatos de los pájaros no fueron los Pterosaurios, reptiles voladores. El Rhamphorynchus constituía sólo un representante modesto de esta familia; sus alas medían 1,5 me­tros de largo, lo cual no significa nada comparado con sus parientes el Pteranodon (ocho metros) y el Quetzalcoatlus (diez metros). El Pterosaurioera un vola­dor verdadero, que utilizaba sus alas como medio de propulsión. Todavía no se ha determinado si el primer pájaro autén­tico, el Archaeopteryx lithographica, que vivió hace unos 130 millones de años, lo hacía de la misma manera. En Solnhofen (Baviera, Alema­nia) se han encontrado cinco especíme­nes en formaciones calcáreas; entre ellos había un buen número de Archaeopteryx, criatura típica de transición entre el reptil y el pájaro, con dientes en ambas mandí­bulas; poseía dedos en forma de garra y una larga cola con vértebras todavía separadas; sus huesos eran sólidos, pero huecos, como los de los pájaros actuales; el esternón carecía de un lomo fuerte al que se le pudieran adosar los músculos de las alas; pero las alas y las clavículas fusionadas que constituían la espoleta eran características de los pájaros.
   Desconocemos todavía el aspecto físi­co del antecesor inmediato del Archaeop­teryx. Los expertos coinciden en afirmar que habría que buscarlo entre los peque­ños saurios carnívoros que habitaban la Tierra en el periodo Jurásico. Algunas teorías sostienen que los pájaros están estrechamente relacionados con los cocodrilos; en este caso, el Ornithosuchus sería un posible candidato, y además su nombre significa literalmente pájaro-cocodrilo. Era un fiero depredador de hasta tres metros de largo y tenía dos patas traseras fuertes y bien desarrolladas. A pesar de todo, ha sido rechazado como antepasado de los pájaros. Existen ejem­plares más verosímiles. Uno de los repti­les contemporáneos del Archaeopteryx, el llamado Compsognathus, se asemeja bastante al pájaro primitivo; de hecho, las diferencias entre ambas criaturas eran tan insignificantes que se podría afir­mar que éste era un Archaeopteryx des­nudo. Pero de esto a creer que se trata­ba de su antepasado inmediato va un abismo.
   Si algunas teorías llegaran a demos­trarse, los pájaros estarían emparenta­dos, aunque muy lejanamente, con los cocodrilos. Ambos tendrían un antepasa­do común, el Thecodont, carnívoro con asgecto de cocodrilo del que evolucionaron varias familias.

 
 
 

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